Iglesia Catedral
San Juan de Jinotega

Evengelizacion de Jinotega

Gracias a las crónicas de los Frayles de la Provincia del Santísimo Nombre de Jesús de Guatemala, especialmente del Cronista Francisco de Asís Vázquez de Herrera, es que conocemos a los religiosos que penetraron a la Taguzgalpa y Tologalpa, a reducir y evangelizar a los indios de la región.

Por el cronista Vázquez se sabe concretamente de los primeros frayles que penetraron a ella. Estos fueron: Antonio de Andrade, Francisco de Salcedo y Esteban de Verdelete. No hay noticias de los resultados de su misión; sólo que para el año de 1596 se encontraban de nuevo en Guatemala. Igualmente sabemos que el Mercedario Fray Juan de Albuquerque -de quien ya nos ocupamos en otro capítulo- había penetrado por Sébaco a las montañas, convirtiendo a muchos indios de la región de la Taguzgalpa y llevando seis de ellos a Guatemala. Lo cierto es que por más de dos siglos Nueva Segovia fue el punto de entrada de expedicionarios y misioneros, para la conquista y conversión de la Taguzgalpa o Mosquitia, cuya historia está íntimamente ligada a Jinotega.

En el año 1604, Fray Esteban de Verdelete y Fray Juan de Monteagudo, hicieron su primera entrada a la Taguzgalpa y Tologalpa, con miras a su evangelización. Se confiaron a la guía de unos indios que habían sido bautizados anteriormente. Estos engañaron a los frayles diciéndoles que en las montañas había gran cantidad de gente que deseaba abandonar la idolatría y convertirse al cristianismo. Los indios huyeron dejándolos en una espesa montaña, sin ningún alimento ni socorro. Se alimentaban de hierbas y frutas y sin más brújula que el sol, caminando por breñas jamás holladas por pie humano, lograron llegar a Comayagua, y de allí, a Guatemala. Nos relata Vázquez, otra entrada de estos mismos religiosos en 1609,catequizando a Mexicanos y Lencas; pero los Taguacas, valiéndose de los Lencas convertidos, suscitaban discordias con los Mexicanos. Para evitar en lo posible esa labor, los pusieron en barrios distintos, quedando los Mexicanos al cuidado de Fray Esteban; y los Lencas, al de Fray Juan de Monteagudo. Finalmente, aliados Lencas, Taguacas y Taupanes, dieron fuego al pueblecito y lo único que lograron los frayles fue impedir que quemaran la iglesia. Los Mexicanos, viendo al pueblo reducido a cenizas, y, ante la alternativa de morir o ser esclavos de los Taguacas, volvieron a la montaña con sus antiguas y bárbaras costumbres. Así terminó este segundo intento catequizador, según el relato de Vázquez.

En abril de 1611, nuevamente el Padre Verdelete y el capitán Daza, salieron de Comayagua con rumbo a la Taguzgalpa, tratando de contactar con los lencas. Hallaron a muchos de ellos y los cogieron en muchas mentiras. El capitán Daza, presintiendo una traición, se adelantó a los misioneros y habiéndose encontrado con los indios, fue recibido en paz; pero cuando éstos se vieron en mayor número, cayeron sobre los españoles causándoles algunas bajas con sus flechas envenenadas, hasta que el estruendo de los tiros “al aire” los puso en fuga, internándose en la montaña. Uno de los soldados de Daza, traía prisionero a un indio que había sido asistente de los misioneros y que ahora “andaba entilado entre los Caribes respirando corajes contra los españoles y alborotando contra ellos a los infieles; tan valeroso, que él solo mató dos españoles, y lo capturó el soldado detrás del grueso tronco de un árbol”. El indio, indignado sobre ciertas palabras que dijo el español, viéndolo desarmado “levantó la mano y le dió un bofetón; el español que se vió herido tan afrentosamente, ayudado de otro forcejeó contra el indio y después de algunas coces y bofetadas que le dió, atándole la mano izquierda fuertemente con una liga a la cintura, le clavó la derecha a un árbol con una herradura de caballo y ocho clavos, con suma crueldad, dejandolo así preso, desesperadamente, sin que lo supiera otro que los dos soldados”.

Los Taguacas encontraron tiempo después, y muerto, al indio de la mano clavada, quien era de los principales y que por valiente los capitaneaba, y llenos de odio decidieron tomar venganza. Los Lencas enviaron mensajeros a los religiosos, diciéndoles que sentían las guerras pasadas; que querían recibir el bautismo, con tal que fuesen solamente los dos padres y el capitán con algunos españoles, pero desarmados; porque ellos querían la paz y no la guerra. Elcapitán Daza, que bien conocía a los indios, persuadió a los padres de que él iría primero como embajador, con dos o tres soldados sin bocas de fuego.

Ya entrado el mes de enero de 1612, y mientras esperaban los misioneros un día y otro, vieron llegar siete u ocho canoas y en cada una de ellas dos indios que dijeron al padre Verdelete que el Capián Daza los llamaba. Los frayles les dieron crédito y se dispusieron al viaje. Las canoas eran muy pequeñas, con capacidad para dos remeros y uno o dos pasajeros. En ellas entraron uno en cada una los religiosos, y unos pocos soldados que se resolvieron a acompañarles se acomodaron en las otras. Eran un total de diez entre religiosos y soldados.

Después de un buen trecho de navegación río abajo (río Guayape), al dar vuelta a una punta de tierra, vieron una muchedumbre de indios tiznados, con sus penachos de plumas y lanzas, y en una muy alta, la cabeza del capitán Daza, y en otras, algunas manos de españoles, una de ellas con herradura y clavos. Al Padre Verdelete, que desembarcó primero y empezó a predicarles sobre su mal proceder, y afeándoles sus vicios y pecados, acabó por efurecerles y cargando sobre él le dieron muchas heridas con sus macanas, le atravezaron con una lanza y con un machete le cortaron por las sienes el casco de la cabeza. Al Padre Monteagudo que aún no había desembarcado, los mismos remeros y otros que habían entrado al agua, con varas y machetes hicieron criba su cuerpo. Lo mismo hicieron con los soldados españoles, y sólo tres que habían escondido sus armas pudieron huir heridos, llevando “una imagen de Nuestra Señora que era la devoción del Padre Esteban…” En los cascos hechos con los cráneos de los religiosos, como si se tratara de huacales, sacándoles el corazón para mezclar la sangre con sus bebidas y dándose un banquete con las piernas y los brazos, y el resto del cuerpo lo redujeron a menudos pedazos que arrojaron al río”

Así refiere el cronista Vázquez el martirio de estos religiosos, que ilustra muy claramente el fervor religioso de los misioneros, la crueldad de los soldados españoles y la indomable defensa de su raza y costumbres de los indios de la Taguzgalpa y la Totogalpa, que formaban la Mosquitia.

Otros mártires que vale la pena consignar y que fueron masacrados por los albatuinas son: fray Cristóbal Martínez, el padre Benito de San Francisco y fray Juan de Vaena. Al primero, le cortaronuna mano, y la otra, con una soga le fue amarrada a la garganta; presentaba varias lanzadas y una estaca que, introducida por lo bajo y atravesando los intestinos, le salía casi en la nuca y con las espinillas quebradas. Igualmente, los otros dos cadáveres estaban horriblemente mutilados. Otro religioso que se internó en la Taguzgalpa tratando de convertir a los indios, fue fray Francisco Valverde, y nunca más se supo de él.

Hemos elaborado estos relatos en base a las crónicas de Vásquez, porque no sabemos con certeza quiénes murieron en la Taguzgalpa hondureña y quiénes en la Tologalpa nicaragüense.

Lo que sí sabemos con seguridad es que en el año de 1674, los indios de la región de Pantasma y Paraka, en la región de la Tologalpa, con el propósito de mejorar su condición social, enviaron nutrida misión a Guatemala, ante el padre Fernando Espino -el primer frayle nacido en la Nueva Segovia nicaragüense, y superior de los padres franciscanos de la provincia de Guatemala-, para que viniese personalmente a indoctrinarlos y organizarlos en pueblos, con iglesias y párrocos permanentes. El padre Espino, después de consultar con las autoridades del reino, atendió la petición, disponiendo el envío a la región de Pantasma de fray Pedro Lagares, quien era nacido en Santiago de Compostela, en Galicia de España. Vino a América en compañia del padre José Arce y vistió el hábito de San Francisco el 25 de marzo de 1668, en la Recolección de Almolonga, Guatemala.

El Padre Lagares se trasladó de inmediato a Nueva Segovia, donde a las pocas semanas fundó un hospicio, la Escuela de Cristo y La Tercera Orden de Penitencia, que por más de siglo y medio florecieron en Nueva Segovia. Poseía el don de la predicación y era humildísimo en su modo de vivir. Se dice que si se hospedaba en alguna hacienda o casa de campo, no rehusaba la cama que se le ofrecía, pero dormía en el suelo pasando gran parte de la noche en oración. Hizo varias entradas a la montaña acompañado del capitán Francisco Meléndez Pardo -que le servía de intérprete- y de don Antonio de Chávez. En el curso de cuatro meses de labor evangélica, catequizó y redujo a poblarse y recibir el bautismo a 44 infieles, con los que fundó el pueblo de “Nuestra Señora de la Asunción de la Pantasma”. No obstante su bondad, muchas veces estuvo a punto de perder la vida a mano de los montaraces indios, aún los que ya habían sido bautizados.

Según una certificación dada por el capitán don José Vázquezde Coronado y el capitán don Manuel Díaz de Velazco, fechada en el pueblo de San José del Valle de Pantasma el 6 de octubre de 1678, testificaron haber visto los pueblos de San José Paraka y San Francisco Nanaica, que distan media legua el uno del otro; ambos de indios recién convertidos y que había sacado de la montañas el R. P. fray Pedro Lagares. Que en cada uno de ellos había más de doscientos indios de confesión, sin muchas criaturas de ocho años abajo. Que tenían sus iglesias bien aseadas y aún, mejores que las de algunos pueblos cristianos más antiguos; agregando Vázquez textualmente: “A los dos años de su llegada, este religioso tenía más de trescientas almas que él, y sus compañeros habían bautizado”.

La fundación de estos pueblos nos la describe el cronista Vázquez: que en el Valle de Ciudad Vieja llamada Culcalí, (hoy Quilalí) pobló con muchos de los indios que sacó voluntariamente de las montañas, haciéndoles una ermita y varios ranchos, el poblado que llamó San José de Paraka; y media legua adelante redujo otra población con el nombre de San Francisco Nanaica. De estas reducciones dió cuenta al Provincial en el año 1675, el mismo de su llegada, un religioso de la Misión del Guayape. Lo relatado sobre estos dos pueblos aclara cualquier duda sobre sus asentamientos y que pertenecían a la Conquista de Paraka y no a la de Pantasma como afirman algunos; tal vez confundiendo San José de Pantasma con San José de Paraka, dos pueblos distintos. Igual confusión se da en algunos investigadores en relación al desaparecido pueblo de Nuestra Señora de la Asunción de Pantasma, que pretenden tuvo su asiento en el actual valle de la Virgen, que nada tiene en común con Pantasma, del que lo separa una alta cordillera. En cambio, actuales moradores del valle de la Virgen, afirman que al Norte de este valle, río Gusaneras de por medio, que ya pertenece al valle de La Pavona Abajo, sí hay vestigios de un pueblo antiguo, donde se observan “calpules” y se encuentran utensilios de barro y piedra.

El Padre Lagares contrajo en la montaña la enfermedad que puso fin a su vida. Su trajinar continuo por lodazales en lo más crudo de la estación lluviosa, en compañía de Antonio de Soza, lo llevó a contraer una terrible fiebre que lo fue debilitando rápidamente. Francisco Meléndez, preocupado por la suerte del Padre, envió un mensajero en su busca; y al ser informado por Soza de la gravedad de aquél, dió aviso inmediato a Meléndez. Este, junto con otras personas fueron a recogerle y le trasladaron al Hospicio de Nueva Segovia. Tuvo una ligera recuperación que le permitió alguna actividad por corto tiempo. Fueron a visitarle Meléndez y Soza, a quienes les anunció su muerte dentro de seis días, porque era la voluntad del Señor; y tal y como lo anunció, después de recibir los sacramentos, se despidió de sus indios y con el rostro lleno de alegría y de lágrimas los ojos, expiró plácidamente a las cuatro de la tarde del 24 de julio de 1679, víspera del Santo Patrono de su ciudad natal. Sus restos fueron depositados en la iglesia de La Merced, en la Capilla Mayor, al lado del Evangelio, el día 25, fiesta de Santiago Apóstol.

Su obra fue continuada por los padres Franciscanos; y para 1771 fray Sebastián de Orozco y de Zavala, figuraba como comisario de las Conquistas de Pantasma y Paraka. Fray Sebastián murió en la ciudad de Nueva Segovia, 12 años después.
No podríamos cerrar este capítulo sobre la evangelización, sin ocuparnos del venerable frayle Antonio Margil de Jesús, que en dos ocasiones misionó en Nicaragua, incluyendo el pueblo de Jinotega, donde circula la versión de que fue él, quien colocó la primera cruz que hasta hoy campea en la cima del cerro de ese nombre, al Occidente de la ciudad de Jinotega.

Fray Antonio Margil de Jesús, nace en Valencia, España, el 18 de agosto de 1657. Es ordenado sacerdote el 22 de abril de 1673. Se embarca en Cádiz, para América, llegando al puerto de Veracruz, Méjico, el 6 de junio de 1683, “a tiempo que el infame pirata Lorencillo acababa de saquear la ciudad”. Después de misionar en Chiapas, penetra a Guatemala por la Provincia de Soconuzco “anunciando el Reino de Dios en todas sus villas, lugares, haciendas y rancherías, con frutos maravillosos”. Llega a la metrópoli hospedándose en el Convento de San Francisco, el 21 de septiembre de 1685; todo en compañía de su venerable compañero Fray Melchor López. En 1688 salen en recorrido misional por los obispados de Comayagua y Honduras y de Nicaragua y Costa Rica, llegando hasta las montañas de Talamanca, “que a más de la cuantiosa Nación de este nombre, abrigaba en su dilatada circunferencia a los Terrabas, Cavecares, Chichagues, Usamboros, Caves, Usuros, Mayagues y otros.” Reducida la Talamanca -en donde en varias ocasiones estuvieron a punto de perder la vida al combatir a hechiceros y brujos-, convierten a los Terrabas, logrando además, que éstos se reconciliaran con los Talamancas, sus feroces enemigos. Llamados por el Comisario General, volvieron a Guatemala, siendo enviados a la Provincia de Vera-Paz, donde los pueblos se había revelado contra sus Curas.Terminada su misión, pasaron a los indios Choles “que habían apostatado de su fe” y se habían dispersado por los bosques. A manos de estos indios, recibieron toda clase de vejámenes y torturas. Finalmente misionaron entre los Lacandones, antes de regresar a Guatemala.

Pero dejemos este relato de la obra misionera del padre Margil y su compañero fray Melchor, para ocuparnos únicamente de su misión en Nicaragua, especialmente en el Corregimiento de Sébaco, del que Jinotega formaba parte. Llegó a la ciudad de León a fines de mayo de 1703. Hollando atolladeros y pantanos, se dirigió al pueblo de Telica y cumplida su misión se encaminó al pueblo de Sébaco. Cuando sus moradores tuvieron noticias de su llegada, “salieron a recibirle, y media legua antes de la población, lo encontraron que venía como un Apóstol, faldas en cinta, enlodado hasta la rodilla, colgada la calavera del cordón, abrazado con el Santo Cristo, y cantando el Alabado, con quatro indios y dos mulatos que le seguían, de las Haciendas y Estancias por donde había pasado predicando y confesando,” -Entró su comitiva como a las cinco de la tarde a la iglesia, donde después de rezar El Rosario, dió principio a su misión. Entre el auditorio se encontraba el Corregidor, quien a medida que avanzaba la prédica, una idea comenzó a inquietarle: que la misión podía disminuir sus intereses. Cuál no sería su sorpresa, al ver al Padre bajar del púlpito, y dirigiéndose a él le dice: “Señor Corregidor, la vara de la justicia ha de auxiliar a la de la misión; y si no, vendrá el castigo del cielo, Piérdase todo, que primero es Dios”.

Ni qué decir de la turbación del Corregidor, viéndose sorprendido en sus pensamientos, y ofreció todo su auxilio al Padre, quien continuó su sermón; y al bajar del púlpito dió un abrazo al Corregidor, quien ratificó su oferta. Pronto descubrió el padre Margil la gran cantidad de hechiceros, brujos y ministros del demonio; y fue menester un gran esfuerzo de su parte y todo el poder del Corregidor para remediar tanto daño.

En obsequio al lector, transcribiremos literalmente lo que el frayle Hermenegildo de Vilaplana nos relata en su libro “VIDA PORTENTOSA DEL AMERICANO SEPTENTRIONAL APOSTOL, EL V. P. Fr. ANTONIO MARGIL DE JESUS, Fundador y Ex-Guardián de los Colegios de la Santa Cruz de Querétaro, de Cristo Crucificado de Guatemala, y de Nuestra Señora de Guadalupe de Zacatecas. Relación Histórica de sus Nuevas y Antiguas Maravillas.” Editado en Madrid por Juan de San Martín, el año de 1775. Dice así:”Los de los pueblos de Matagalpa, Solingalpa, Molagüina, Ginotegay Muimui, todos de dicho partido, degollaban cada semana ocho personas grandes, y pequeñas, y sacrificaban su sangre al diablo, disimulado en sus ídolos; en una cueva que era retrato del mismo infierno, reservando la carne para horroroso pasto de su brutalidad cruel. Tenían pieles de diversos animales, para transformarse en ellos, por fuerza de diabólico pacto; y se mezclaban torpemente con los demonios, que se les aparecían en representación de los brujos, dábales el maligno polvos, piedras, y raíces para matar, para cazar, y para maleficios amatorios. Aparecíaseles en forma de culebra enroscada y le daban adoraciones sacrílegas. Fingían un Adan y Eva, hombre y mujer, ya viejos, que eran los Fautores de sus engaños. Este viejo Adán fue el que descubrió al V.P., lo más de estos embelecos, y ensartes, y habiéndole encontrado falso en manifestar la encantada cueva, dió forma para que le desterrasen a un castillo con los principales cómplices. Negoció con los demás pueblos, que le entregasen los instrumentos maléficos, y los mandó quemar en las plazas, precediendo públicas penitencias, y la detestación de los diabólicos pactos”.

Continúa diciendo Vilaplana que Margil “Plantó tres cruces en una lagunilla cercada de un monte espeso, y allí anatemizó al demonio por ser el sitio o manantial de los engaños, por medio de los mentidos oráculos”. “…Halló otros indios a quienes obligaba el demonio prometiéndoles cumplir sus deseos, a que se lavasen la cabeza donde les pusieron el Chrisma, dejándolos persuadidos a que con esta diligencia se les borraba el carácter de Christianos, y se les imprimía el de la gran bestia en sus almas. Otros mantenían para fines abominables que les dictó el Padre de la mentira, quatro demonios en quatro gusanos blancos en unas vasijas, que se ocultaban en la tierra, y con tres palmadas sobre el suelo, salían, y, se ponían a su vista, cuidando de mantenerlos siempre vivos con ciertas flores de un espino, que les mudaban cada semana.

“Quatro indios de Xinotega tenían otra superstición muy dañosa, que consistía en tener dos cruces cada uno, de un poco más de quatro dedos de largo, y ancho, con manos en los remates de los brazos, y una carilla en la cabeza. Poníanlas encontradas en los caminos por donde solían pasar los otros Hechiceros, y Brujos, transformados en animales, y así que se afrontaban con ellas, se hallaban impedidos para caminar adelante, y para volver atrás, y con esto los flechaban a satisfacción, y les quitaban la vida. Las muertesque se ejecutaron con ésta, y otras infernales industrias, fueron tantas, que en Sévaco, que era la cebecera de los Pueblos de aquel Partido, no havía mas que seis familias quando entró el V.P. siendo así, que no muchos años antes componía por tres Pueblos juntos.

“Encontró Agoreros o Zahoríes, que con ciertos frijolillos colorados pronosticaba muertes, partos dichosos, viajes felices, o infaustos, y otros sucesos contingentes. Otros que bañaban a los muertos y les ponían comida para el otro mundo, Otros que sus muertos iban a descansar a un potrero y que los brujos los visitaban alli, tomando la figura de los difuntos. Otros ayudaban al zahorí, para que les adivinasen lo que pedían, absteniéndose en dicho tiempo de comer carnes ni sal, absteniéndose de sus mujeres legítimas”.
Y también textualmente se relata en este libro sobre Fray Margil que, “Entre estos infelices, tanto, o más Bárbaros que los Gentiles más incultos, había uno que se reputaba por Principal Hechicero, y Brujo, y éste tenía un mulita de poco más de quarta, que por lo muy untada de sangre, se reconocía que servía de diabólico simulacro en los sacrificios inmundos, y en ella paseaba por todo el mundo, y comerciaba con los de su facultad, y Arte, o enviaba para el mismo efecto a otro de sus compañeros.”

Caminando en busca de la cueva de Cuyutepec, que era una de las Antysinagogas del Demonio, se clavó la planta del pié con una aguda espina de cornesuelo: hízole una llaga tan crecida que podía caber en ella la cabeza del dedo pulgar de la mano. Acompañábale en esta ocasión el Corregidor, y brindándole compasivo con algún pronto remedio de los que ofrecía aquel desamparo, le respondió con semblante alegre: Dios, Dios: Y sin explicarse más, hechó mano de una piedrezuela esquinada, de las que había en el suelo, y entrándosela en el hueco de la herida con disimulo, tomó una correa de cuero crudo, y se ligó la llaga con élla. Quedóse el corregidor tan azorado, viendo por contingencia medicamento tan desabrido, que le crugieron los huesos, pero al ver que tomando al punto su báculo, comenzó a caminar con tal ligereza por entre las piedras, montes y veredas pantanosas, que ninguno de la comitiva podía darle alcance con buenas mulas, y sin dar muestras de que padecía dolor alguno, se convirtió su confusión en admiración.”

Después de misionar en Granada, Margil regresa a su colegio de Guatemala; misiona en Xuchitepeque y Retahuleu. Continúa para México misionando en varias provincias de ese país. Llega finalmente a la ciudad de México, donde lo sorprende la muerte el Martes6 de Agosto de 1726. Ese mismo año el Papa Clemente XVI organiza una Comisión Pro-Canonización.
En La Prensa Literaria del 20 de abril de 1989, el doctor Jaime Incer Barquero, en su artículo “Fray Margil de Jesús y los Brujos de Sébaco”, nos relata algunos milagros atribuidos al Padre Margil, según la biografía que de Margil escribió Isidro Félix de Espinoza. Entre ellos figura el de haber restituido y sanado el dedo de un indio, que se lo había desgajado con un machete al cortar ramas para formar una cruz, en las montañas de Jinotega. Tal hecho lo conocíamos por tradición oral, que se ha venido transmitiendo entre los miembros de una vieja y conocida familia que residió muchísimo tiempo en el valle de “El Tanque” sobre la carretera vieja JinotegaMatagalpa, hecho que sucedió muy cerca del lugar de antiguo conocido como “Mal Paso” y a poca distancia de la misteriosa cueva de El Aguacate, donde el Padre Margil colocó una cruz que el vecindario mantiene hasta el día, pero no en su lugar original, sino que, al ser mejorada la mencionada carretera, fue trasladada al otro lado de una cerca de piedras por estar dentro del derecho de vía. El suceso se dió al viajar el Padre Margil de Matagalpa a Jinotega; y que al llegar a este pueblo, el indio llevaba su dedo como si nunca hubiera sufrido herida alguna.
Estas mismas personas aseguran que la Cruz que se observaba o se observa en “Casa Sola”, sobre la carretera a Managua, poco antes de la Cuesta del Coyol, también fue colocada por Margil.

El doctor Incer, en su citado artículo dice que la cueva de Coyotepetl es posiblemente la hoy llamada Mocuana, situada en las mesas al Oeste del valle de Sébaco. Creemos que, a pesar de las conocidas leyendas de brujos y hechiceros que habían entre los pueblos de Sébaco y San Isidro, la cueva de Coyotepetl debe ser ubicada en el cerro de este nombre (hoy Cuyutepe), o sea la meseta donde está la pista de aterrizaje y suponemos que también es base militar, entre Guasgualí y Pozo Cercado, entre Sébaco y Matagalpa.
Finalmente, aunque en todo lo relatado no hay una referencia específica sobre La Cruz del cerro de su nombre en Jinotega, de su lectura puede deducirse la posibilidad de que fuera el Padre Margil, quien la haya colocado inicialmente; sea para librarnos de los brujos y hechiceros, como dicen unos, o de las invasiones de zambos y piratas, según otros. Esto debió ocurrir alrededor de 1705.

* En este templo están las más lindas imágenes auténticas traídas desde España

SILVIA GONZALEZ S.
Sin lugar a dudas, en la medida que pasa el tiempo la Iglesia Catedral San Juan de Jinotega, con 194 largos años de existencia, se ha convertido en un verdadero monumento histórico, llamativo y hermoso para los habitantes de esta bella Ciudad de las Brumas.

Relata la historia que la Iglesia Catedral fue edificada en 1805, reedificada en 1882, y nuevamente vuelta edificar entre 1952 a 1958 por el cura párroco canónigo, Rubén Baltodano y Alfaro.

De acuerdo a nuestros registros, el primer templo que surgió en medio de un pueblito casi deshabitado, lleno de montañas espesas, sin carreteras y luz eléctrica pero llena de devoción cristiana y católica, nace el primer templo llamado San Juan. Es ahí donde parte el nombre del patrono de
Jinotega San Juan.

Es importante señalar que para los años 1800, el Obispo estaba solamente en la ciudad de Matagalpa y para ese entonces el obispo era Monseñor Octavio José Calderón y Padilla, existiendo una sola diócesis.

Después de un largo tiempo vino a esta ciudad el párroco de origen colombiano Alberto Valencia, a celebrar las primeras misas en una iglesia casi en ruinas, la que hasta esta fecha se encuentra ubicada
frente al parque central de Jinotega.

Fue hasta en 1952 que el párroco Rubén Baltodano y Alfaro con la ayuda del pueblo inició la reconstrucción de la iglesia, la que se convirtió en Iglesia Catedral para el año de 1983 con la venida del Obispo Pedro Lisímaco Vílchez

Galeria de Imagenes de la Catedral de Jinotega en Nicaragua